ITE Sevilla

De joya inmobiliaria a casa en ruinas en un solo día

domingo, 10 de febrero de 2008 | Por UR Arquitectos

Su vivienda. Suplemento de El Mundo
LOS PROPIETARIOS DE UN EDIFICIO DEL CENTRO DE MADRID QUE, EN SU MAYORÍA, HAN COMPRADO SUS CASAS EN LOS ÚLTIMOS SEIS AÑOS, AFRONTAN AHORA EL PÉSIMO ESTADO DE LA FINCA
ÁUREA FELIPE. 10 de Febrero de 2006, número 430

Adiós a la renta del alquiler. «Menos mal que dejamos el piso justo ahora», dice Diego, mientras contempla el lamentable estado del patio. Mercedes es la propietaria del piso que este joven tiene alquilado en la finca y que pronto quedará vacío, ya que no va a volver a arrendarlo hasta que finalicen las obras. / PEDRO CARRERO
Adiós a la renta del alquiler. «Menos mal que dejamos el piso justo ahora», dice Diego, mientras contempla el lamentable estado del patio. Mercedes es la propietaria del piso que este joven tiene alquilado en la finca y que pronto quedará vacío, ya que no va a volver a arrendarlo hasta que finalicen las obras. / PEDRO CARRERO

«No te lo vas a creer», me comunicaba Esther por teléfono muy nerviosa a primera hora de la mañana del miércoles 1 de febrero, «ha ocurrido lo peor que podría ocurrir: toda la estructura del edificio está podrida. Hay carcoma en las vigas que sujetan la finca y es posible que algunos forjados de las casas estén hundidos. Esto es una ruina». Esther es la presidenta de mi comunidad de vecinos y yo, la autora de este artículo, la vicepresidenta. Precisamente esa mañana, ilusa de mí, había puesto mi mejor sonrisa al ver la velocidad a la que avanzaban las obras del patio interior de la finca. Hacía algunos meses que habíamos acordado llevar a cabo una rehabilitación para subsanar algunas deficiencias 'menores' y mejorar el aspecto del inmueble. Los obreros habían comenzado a trabajar dos días antes. Conseguir ponernos de acuerdo los 10 vecinos que conformamos la comunidad para hacer esta rehabilitación no había sido tarea fácil, pero después de varios presupuestos y muchas reuniones, se dio el visto bueno para que una empresa especializada iniciase las obras a finales de enero de este año. El presupuesto ascendía a 140.000 euros. Menos mal que no había [en ese momento] ningún problema de estructura, porque entonces sí que la cantidad, que en su día ya fue un buen susto para todos los vecinos, se hubiese disparado.

A partir de aquí, sólo la morosidad de alguno de los propietarios ponía en peligro la buena marcha de esta reforma. Pero, afortunadamente, todos pagamos religiosamente. Ahora bien, eso no ha servido, ni mucho menos, para garantizar esa buena marcha. Dos días, sólo dos días después de comenzar a picar en el patio interior de la finca, el estado de las primeras vigas descubiertas empaña por completo el proceso de rehabilitación y trunca los planes de muchos de los vecinos, que no contábamos ni con el desembolso ni con el trastorno que esas cabezas de madera con carcoma van a suponer.

Aunque, tanto la compañía encargada de la obra como amigos y vecinos de otras fincas nos habían advertido de que era posible que, al iniciar la reforma, algunas vigas estuviesen mal y que, finalmente, el presupuesto se disparara, lo cierto es que nunca pensamos que esto pudiera ocurrirnos a nosotros.

Pero tras la mañana del 1 de febrero, no me queda más remedio que comprender que eso puede pasarle a cualquiera. Es más, he descubierto que lo habitual es que le pase a la mayoría de los que adquieren casas centenarias en el centro de Madrid, como es nuestro caso, y un día deciden hacer, por casualidad u obligación, alguna modificación.

Inspección

En nuestro caso, el inicio de la reforma ha sido algo prácticamente voluntario, ya que en la Inspección Técnica de Edificios (Ite), realizada en 2001, a pesar de ser desfavorable, las únicas deficiencias que se señalaron fueron un par de humedades, algo que ya se ha subsanado.

La inspección que se realizó en su día fue visual, no se experimentaron calas, a pesar de ser un edificio de más de 120 años. En todo este tiempo, la buena apariencia le sirvió a la finca para que nadie cuestionase el estado de sus entrañas.

De ahí la sorpresa que supone para todos los vecinos la noticia del mal estado de la estructura. «Pero si los de la obra dijeron que estaba bastante bien», se queja el primero de los vecinos al que le comunico la noticia.

Pero toda esa apariencia de fortaleza se desvanece con la incisión de las piquetas. Después de traspasar el enfoscado, los primeros indicios de la debilidad del inmueble saltan a la vista. «¿Qué vamos a hacer ahora? El presupuesto se va a duplicar y, si los forjados están mal, nos tendremos que ir de los pisos», me dice Esther.

Lo del presupuesto lo asumí enseguida, desde el primer momento supe que las palabras vigas-carcoma-estructura se traducían en obras millonarias e inacabables. Pero lo de tener que ir a vivir a otro lado, con eso sí que no contaba. No quiero ni imaginarlo. Después de años de casa en casa de alquiler, pensé que la compra de mi piso significaba el fin de las mudanzas, al menos en un tiempo. En cambio, sólo han pasado dos años desde que compré y ya tengo que volver a pensar en un traslado. ¿A dónde? ¿Cuánto tiempo? Esto sí que era lo peor que podía ocurrir. Por suerte, varias amigas, nada más conocer la noticia, me han ofrecido sus casas. La única solución que podré plantearme, obviamente, porque con los pagos de la obra mi economía no dará para mucho más. Lo que no sé es si todos mis vecinos contarán con la misma suerte.

Pero muy pronto pude comprobar cuál era la situación de cada uno de los restantes ocho propietarios, ya que casualmente, había convocada una reunión de vecinos para el 2 de febrero. Los puntos a tratar previstos en un principio pasaron a un segundo plano, como cabe esperar. Toda la atención se centró en la noticia que ya casi todos conocían, puesto que Esther y yo nos ocupamos de comunicárselo telefónicamente nada más enterarnos.

En la reunión de la noche, era el momento de exponer los detalles, los que ese mismo día por la mañana nos había dado Rafael. El administrador general de la empresa de rehabilitación nos había mostrado en la pantalla de un ordenador las fotos de las vigas descubiertas. «En las carreras y los pilares hay indicios de carcoma. Algunas de estas vigas están enteras afectadas; en otras, de momento, sólo hemos visto las cabezas. Para ver si las viguetas del forjado también están dañadas, habrá que hacer calas. Con toda probabilidad, todas las vigas de los forjados cercanas a las zonas húmedas de las viviendas, es decir, cocinas y baños, estarán también afectadas por la carcoma».

Todas estas palabras se traducían en unos 90.000 euros más, haciendo un cálculo aproximado, pero siempre dependiendo del número de vigas que haya que sustituir, de los forjados hundidos, etcétera.

Toda esta información es la que Esther y yo intentamos trasmitir a los restantes propietarios de la comunidad, que permanecían atónitos y no lograban entender algunas cosas. «Pero, si en la Ite no pone nada, ¿cómo es posible que ahora salga esto? ¿Se ha producido en este tiempo?», preguntaba Mercedes, propietaria del 4º interior derecha, que tiene alquilado el piso. Mercedes quería saber, además, cuánto tiempo iban a durar las obras, para no meter a otros inquilinos.

El hecho de tener que vivir fuera durante un tiempo era el que más nos perturbaba a todos. «No sabéis lo que es mirar al centro de tu salón y ver un agujero inmenso que da al piso de abajo. Yo he pasado por eso y no quiero repetir la experiencia», explicaba Luis, del 4º interior izquierda.

«Pero, si pican en el interior de las viviendas, ¿eso quién lo paga? ¿Cada vecino? ¿La comunidad? Yo sólo sé que entre la hipoteca y el crédito que me acaban de dar para la obra, sólo podré asumir aquella cantidad que el banco nuevamente quiera concederme. No puedo hacer más. Y como a mí, supongo que le pasa a la mayoría», señalaba Bea, del 2º.

Efectivamente, muchos de los vecinos somos jóvenes que hemos comprado nuestra primera vivienda en esta finca en los últimos seis años, invirtiendo todos nuestros ahorros, hipotecándonos al máximo y pagando precios desorbitados. En concreto, hace dos años, por cada metro cuadrado de mi casa tuve que pagar nada menos que 4.900 euros.

«A mí me costó, hace dos años también, 252.425 euros, más unos 36.000 que me he gastado en la reforma, más lo que tengo que pagar ahora por la rehabilitación de la finca. Suma. Esto es una ruina. Y lo peor es que no sé cómo voy a pagar ahora la obra, y que tampoco puedo venderlo, algo que ya tenía pensado, porque en vez de haberse incrementado el precio un 20% en un año, ha bajado un 50% en un día», se quejaba Esther.

Sin garantías

Pero, «¿no hay ayudas para estos casos? ¿El Ayuntamiento, la Comunidad de Madrid, no hacen nada? ¿No deberían estar al tanto del mal estado de estos edificios y avisar?», se interesaba Sue.

Parece claro que a día de hoy no existe una garantía, ni pagando a precio de oro, de que al comprar una vivienda en un edificio antiguo en el centro de las ciudades se pueda residir en ella sin necesidad de pagar una millonada adicional por acondicionar la finca. Desde luego el centro es una guinda muy suculenta, pero el riesgo que hay que correr es demasiado alto. Pasar de tener un tesoro a estar en la ruina es cuestión de ¿suerte? «La mayoría de los edificios centenarios del centro de Madrid no se han rehabilitado integralmente nunca, y muchos de ellos tienen problemas de este tipo», comenta Rafael.

Fuente: El Mundo

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